Hace unos meses tuve una experiencia en la Catedral vieja de Salamanca, que me hizo reflexionar y comenzar a escribir este post, que después de muchas vueltas debatiéndome entre el saber y el sentir, público hoy.

Me encantan la historia y el arte en todas sus manifestaciones, así que estando en Salamanca no podía dejar de disfrutar de ambas cosas, y me adentre en la Catedral vieja a explorar entre sus muros. Nada más entrar, veo a todos los que me precedían cojer sus audioguías para iniciar la visita, y cuando me lo ofrecen a mi, de repente me da un vuelco el cuerpo, como si estuviera ante un aparato diabólico, y digo “no,no, gracias.”

Y ahí es donde empieza mi cabecita a funcionar y hacerse preguntas. ¿Por qué soy tan visceral? ¿Cómo puede ser que mi cuerpo rechace con tanta contundencia, sin saber por qué, un aparato que facilita la visita? ¿Por qué soy tan rara? ¿Si todo el mundo lo coge por qué yo no? Lo lógico es guiarte por el audioguía que para eso están pensados. Y un largo etc., hasta llegar a la pregunta que lo clarifica todo: ¿por qué unas personas necesitan escuchar la historia para saberla y adquirirla, y otras necesitamos sentirla para vivirla? ¿Por qué a unos el adquirir saber les da seguridad, y a otros la seguridad nos la da sentir lo que somos?

¿Por qué de tanto querer saber y buscar fuera el conocimiento, nos olvidamos de sentir y saber más de nuestros propios adentros? Porque, como dice Pablo d’Ors en su Biografía del Silencio, pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco.

Al sentir la historia sin querer saberla, no intentamos dominarla, no intentamos imponer nuestro poder de adquirir y controlar el saber y el conocimiento para luego hacer alarde de él . Al sentir la historia nos acercamos a ella como pequeños súbditos que contemplan y perciben su grandeza, admirándola e impregnándonos de ella, sin atraparla, porque no podemos, porque no es posible. Es una forma diferente de relacionarnos con la historia esta de sentirla en vez de saberla. Es una forma de vivirla más plenamente.

Al sentir la historia, volvemos a ella, nos unimos a ella, viajamos al pasado para empatizar y formar parte de una época, unas personas, unos momentos, unas experiencias que no son las nuestras. Al querer saber la historia, queremos traernosla a nuestro terreno, incorporarla a nuestra realidad presente, comprenderla desde el ahora de nuestras reglas y mundo. Y así en vez de vivir la historia, acabamos matándola.

Y este acto de querer saber, querer capturar, querer controlar, en vez de sentir y vivir el momento, se repite en nuestro día a día, cuando en vez de disfrutar de cada instante de una puesta de sol, de un momento junto al mar, de la obra de teatro de tu hija, quieres atraparlo todo en una foto, en un video, y por querer atrapar, te pierdes lo mejor. Y luego  pretendes recuperar ese momento, esa experiencia, esa vivencia plasmada en una imagen, pero falta algo, no es lo mismo.

Sentir el momento sin querer saber que vendrá después

Sentir el momento sin querer saber que vendrá después

¿Por qué confiamos más en lo que nos va a dar una imagen capturada en un aparato externo, que nuestra imagen o sensacion capturada por nuestros sentidos y almacenada en nuestra memoria? Porque nuestra educación se basa en adquirir conocimientos externos en vez de crear nuestro propio conocimiento a través de la acción, la experimentación. Porque después de muchos años en un sistema y una sociedad que le da más importancia a la memorización de conocimientos codificados en textos, que al conocimiento creado por nosotros mismos, acabamos por no confiar en nuestra percepción, nuestras sensaciones y nuestra intuición.

La triste conclusión es que no nos educan para confiar en nuestro propio saber, en nuestro conocimiento interno, y nos acabamos abandonando en brazos del saber de otros. Atrofiamos nuestra capacidad de sentir y de percibir y con ello matamos nuestra capacidad de sorprendernos, que es esencial para renacer, transformarnos y crecer como personas. Y luego nos quejamos de que no somos felices, cuando la felicidad como dice Pablo D’Ors es esencialmente percepción, porque es esencialmente estar abierto a sentir todo lo que pasa fuera y dentro de nosotros.

Y con las personas nos pasa lo mismo, queremos saberlas en vez de sentirlas. En seguida queremos etiquetarlas y codificarlas en distintos compartimentos, tenerlas controladas. Y antes de que hablen ya sabemos lo que van a decir, y cuando dicen algo lo transformamos en lo que nosotros creemos. Porque en vez de adentrarnos en su mundo, como nos adentraríamos en la historia, para comprenderla desde ahí, desde su momento y su lugar, queremos traernosla al nuestro para tener el control.

Nos da miedo empatizar y comprender, porque ello implica perder el control, entrar en un mundo ajeno que quizás pueda atraparnos por no tener claro cual es nuestro propio mundo, porque hace mucho tiempo que dejamos de sentirlo. Y al final por tanto querer saber, acabamos no conociendo ni al otro ni a nosotros mismos, y perdiéndonos muchas oportunidades de aprender y de crecer.

Quizás ya es hora de despertar a nuestra maestra interior y empezar a buscar dentro de nosotros, confiar en lo que sentimos y desde ahí crear nuestro propio saber. Esa maestra interior es nuestra intuición y se despierta con las mismos hábitos que nos ayudan a ser felices. Intuición y felicidad están conectadas, la primera es la que nos muestra el camino a la segunda, y cuando somos felices nuestra intuición está más despierta. Una y otra se activan cuando sentimos, no cuando sabemos.

No dejes que llegue el día en que te des cuenta, que de tanto querer saber, te olvidaste de saber sentir, te olvidaste de vivir.  La plenitud se alcanza viviendo con los 5 sentidos, sintiendo en cada momento nuestra propia sabiduría.  ¿A que estas esperando?

¿Cuéntame que has sentido al leer este artículo, que piensas de todo esto? ¿Qué te hace sentir más seguro, saber o sentir?

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