Seguramente cada uno de nosotros se ha topado en su camino con una persona que ha sido el objeto de nuestra envidia sana, porque se nos mostraba como alguien que lo tenia todo en la vida, una familia maravillosa, una pareja que la adoraba, un trabajo que le gustaba, una vida económicamente cómoda, una casa ideal y por supuesto un montón de amigos.

Cada vez que estábamos con ella, siempre sonriente y hablando de su felicidad, volvíamos para casa con la misma sensación: que suerte que a Anita le va todo tan bien, lo tiene todo ….

Con los años se suceden los encuentros, ya ha cambiado 5 veces de pareja, pero cada una de las sucesivas es tan maravillosa o más que la anterior, ha cambiado 7 veces de ciudad pero en cada una de ellas ha hecho unos amigos inmejorables aunque nunca más ha ido a visitarlos, y ha pasado de viajar continuamente porque le encantaba, a no salir de casa porque se ha vuelto hogareña,  de vivir consumiendo ropa y complementos, por supuesto de marca y cuanto más caros mejor, a no preocuparse por la imagen, de no hacer deporte a practicarlos todos.

Y tú todos los años impasible, asistes a esos largos cafés en los que soportas estoicamente sus alegatos interminables de felicidad, frenética actividad y fortuna, intentando compartir con ella o algo de tu “monótona vida”, y lanzando alguna pregunta inocente porque no te acaba de encajar tanta plenitud y cambiante vida. Y cada nuevo café te vas para casa con la sensación de que algo no te encaja y de que has estado en el cine, en vez de compartiendo una charla con tu amiga.

De repente un día dejas de escuchar simplemente palabras, y pasa a escuchar más profundamente, la miras a los ojos y donde antes oías felicidad tu solo ves tristeza, donde había una vida plena y satisfactoria, tu solo sientes un inmenso vacío, y donde antes experimentabas envida sana, ahora experimentas una gran compasión. Porque empiezas a descubrir que esa vida perfecta no lo era tanto: que no hay tantos amigos, que sus relaciones sentimentales han sido un desastre y la que tiene ahora no es mucho mejor, y que no le gustaba ni practicar deporte, ni leer, ni viajar, ni ninguna de las cosas que había hecho hasta ahora.

Como la ves infeliz tu intentas ayudar, estas siempre para ella, sigues quedando cada vez que te viene a buscar, la atiendes al teléfono cada vez que le da un ataque de soledad y te necesita, o cuando quiere olvidarse de todo y salir a divertirse. Intentas hablar con ella, tener una conversación profunda y sincera, comprender lo que realmente le pasa, por qué no es feliz, qué necesita, pero no consigues nada, su vida sigue en una vorágine que tu no comprendes y te frustra ver el final que le acecha y no poder hacer nada para ayudarla.

Un día llegas a la conclusión de que no es que tú no la entiendas o no la sepas ayudar, no es que no hayas hecho todo lo suficiente, no es que hayas perdido la paciencia, es que ELLA ESTA PERDIDA, se perdió en algún punto del camino o nunca ha sabido quien era o a donde iba. Se perdió por no haber tenido nunca una cita con ella misma.

Y en ese momento te das cuenta de tu bendita “vida normal y monótona”, pero tan tuya, esa en la que cada paso responde a tus más profundos deseos, principios y  convicciones. Esa vida que te lleva exactamente a donde tu quieres ir, y te hace estar en cada momento donde quieres estar, con quien quieres estar, aunque a veces simplemente sea contigo misma. Esa vida en la que haces lo que quieres, fuera de convencionalismos, en la que disfrutas incluso sola, y a pesar de que otros no lo entiendan. Esa vida que no muta constantemente según las compañías y las circunstancias.

Y con el paso del tiempo te das cuenta que tu vida se asienta sobre algo que se llama Conciencia de uno mismo, que siempre has practicado pero no le habías puesto nombre. Y resulta que esa conciencia de uno mismo es la base del desarrollo de la inteligencia emocional y social. Que sin ella no son posible las otras áreas de dominio de la inteligencia emocional: autogestión emocional, conciencia social o empatía y gestión de las relaciones.

Y empiezas a comprender y a comprenderte, ya no te sientes rara por no sólo querer, sino también necesitar estar sola, por esos interrogatorios en los que te sometes a ti misma a un tercer grado, por esas sensaciones viscerales y corporales que siempre te han acompañado y susurrado mensajes, que nadie más podía oír.

Y es que la conciencia de uno mismo es una comprensión profunda de nuestras emociones, fortalezas, valores, limitaciones y motivaciones. Ese conocimiento sobre nosotros mismos que no tiene precio y que vale más que cualquier otro conocimiento, porque te permite a la vez soñar y ser realista, no engañarte y no engañar a los demás, estar segura de lo que vales y reírte de tus debilidades sin perder un átomo de confianza y fe en ti misma. Es esa voz que te acompaña permanentemente y te susurra a donde vas, para que vas y que estas dispuesta a hacer y no hacer para llegar.

Esa conciencia que habla a través de la intuición y que si la escuchas se convierte en tu mejor coach y tu mejor mentora. Porque sabe hacer las preguntas adecuadas, porque sabe esperar en silencio a que llegues a la respuesta, porque te ayuda a buscar dentro de ti los recursos que tienes para afrontar tus retos, porque te da la confianza para emprender las acciones necesarias y la fuerza para mantener tus compromisos.

Hace muchos años que me dedico al Mentoring, y algunos menos al Coaching, y si bien ambas prácticas me apasionan, no deja de entristecerme que mentor@s y coachs al final damos respuesta a una necesidad tan humana como es la de encontrarse con uno mismo, que no somos capaces de satisfacer solos. La necesidad de tener una conversación tranquila, serena y profunda con nuestra conciencia. La de hacer las preguntas que no nos queremos hacer nosotros mismos, la de escuchar las respuestas que no queremos escuchar, y la de darnos un tiempo y un espacio para nosotros nada más.

Porque tener conciencia de uno mismo, desarrollar nuestra intuición y nuestro potencial, y realizarnos plenamente como personas es un camino plagado de citas y encuentros con uno mismo. Citas que a veces son muy bonitas y otras menos, porque muchas veces la búsqueda interior se topa con emociones enterradas que al sacarlas a la luz generan dolor, o con debilidades desconocidas que nos hacen tambalearnos, o con creencias férreas que se nos desmoronan.

Bucear en nuestro mundo interior no es fácil, requiere tiempo y dedicación, llegar a contemplar nuestro verdadero yo en su desnudez requiere de mucho coraje, decisión, meditación y reflexión. Y el problema es que no nos enseñan a estar con nosotros mismos y no nos preparan para lo que podemos encontrar.

En silencio nos encontramos a nosotros mismos

En silencio nos encontramos a nosotros mismos

¿Por qué nos dedicamos tan poco tiempo a nosotros mismos? ¿A caso no somos la persona más interesante que conocemos? ¿Por qué cuando alguien o algo nos interesa, le reservamos y dedicamos todo nuestro tiempo, y a nosotros no? ¿No me merezco concederme unos minutos todos los días, o una cita una vez a la semana para saber como estoy,  que me preocupa, porque ayer le grite a una compañera de trabajo, por qué hace días que como compulsivamente?

Ir al encuentro de uno mismo debería ser una cita obligada y deseada en nuestras vidas. Una cita habitual, porque muchas veces tendré que que insistir en ciertas preguntas y porque siempre tendré de lo que hablar. Lo más importante es ser valiente, no tener miedo a encontrar cosas que no nos gustan porque seguro las habrá y si no las descubrimos no podremos cambiarlas, pero seguro que también encontraremos cualidades a las que no habíamos dado importancia y que al analizarlas retrospectivamente nos damos cuenta que nos han reportado grandes resultados, y que pueden seguir reportándonoslos en el futuro.

A lo mejor descubrimos también que estamos haciendo un montón de cosas que no sirven para nada, de las que no obtenemos ningún resultado y que nos están impidiendo concentrarnos en otras más importantes para nuestros verdaderos objetivos, o que estamos comprometiéndonos con tareas para complacer a otros, y esas tareas no nos complacen a nosotros.

De la misma manera que necesitamos comer, dormir, movernos todos los días para no morirnos, necesitamos dedicar un espacio temporal diario a la reflexión, a la meditación, al encuentro con nosotros para no perdernos, para que esa brújula interna que es la conciencia de nosotros mismos y que dirige sabiamente nuestra vida no se estropee. Sin este espacio propio todo intento de desarrollo personal, de progreso y de aprendizaje será estéril.

¿Y tú, cuanto hace que no quedas contigo a solas?

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