Siempre he concebido la empresa como un agente de cambio y transformación social, que es capaz de generar beneficio económico para ella y para la sociedad en su conjunto, que es capaz de conciliar en logro de sus objetivos con el logro del interés social y común.

Estas son para mi las empresas inteligentes, porque como dice Jose Antonio Marina cuando la inteligencia se utiliza sólo en beneficio propio, y no atiende al interés común es una inteligencia fracasada.

No creo en una empresa que por atender sólo el interés social, no tiene beneficio económico, porque será una empresa que no podrá cumplir con su papel de agente social, pues entre otras cosas acabara desapareciendo. Pero tampoco creo en una empresa dispuesta a ganar dinero a costa del perjuicio a la sociedad, porque a la larga será una empresa que genere un gran coste a todos (desastres medioambientales, bajas por enfermedad, defraudación de impuestos…).

Dado que todos vivimos en sociedad, la convivencia social debería ser el objetivo prioritario de todas las partes implicadas: gobiernos, empresas, organizaciones no lucrativas, personas. Por eso no concibo nada que no lleve el apellido de social. No concibo un gobierno que no sea social, no concibo una educación que no sea social, y no concibo una empresa que no sea social.

Una empresa social es una empresa consciente de sus necesidades, de las de su gente y de las del entorno en el que vive, y sabe satisfacer todas ellas de forma equilibrada, generando riqueza para todos. Ese es el gran poder de la empresa, su capacidad multiplicadora.

¿Utopía? No, realidad posible, ejemplos como el de Zappos y otras Happy Companies lo demuestran. Sólo hace falta intención, convicción, estrategia clara, atención y perseverancia.

La sensibilidad social debe formar parte del ADN de la empresa, no es una cuestión solo de rentabilidad o responsabilidad, es una cuestión de ser, estar y hacer.

Liderar, dirigir y gestionar una empresa desde un punto de vista social es concebir la empresa como una comunidad. Como un grupo de personas que tienen una vida en común, que ocupa al menos un tercio de nuestra vida diaria, y que basan su convivencia en una permanente ayuda mutua con el objetivo de lograr algo en común. La comunidad responde a la necesidad humana de encuentro social y creación de sentido a través del vínculo con otros.

No hablo de relaciones paternalistas o maternalistas, en las que la protección y una lealtad mal entendidas, acaban lastrando las capacidades de desarrollo y crecimiento de las personas. Hablo de comunidades de apoyo, aprendizaje y crecimiento, que satisfacen nuestros instintos básicos de apego, aprendizaje, seguridad y supervivencia. Comunidades en las que nuestras necesidades de seguridad, pertenencia, reconocimiento y aprecio, son atendidas y cuidadas, lo cual supone el paso previo necesario para poder hablar de autorrealizacion, creatividad y desarrollo del talento.

En una comunidad las puertas están siempre abiertas para preguntar, para escuchar, para intercambiar conocimientos y experiencias, para dar y recibir ayuda cuando es necesario. En una comunidad el principal recurso es la conversación, la principal actividad la colaboración, y el mejor  revulsivo la risa y el buen humor.

Como señalan McMillan y Chavis, vivir en comunidad aporta a sus miembros “un sentimiento de pertenencia, un sentimiento de que los miembros son importantes para los demás y para el grupo, y una fe compartida en que las necesidades de los miembros serán atendidas a través del compromiso de estar juntos”. Todo ello genera un clima psicológico de seguridad emocional a nivel individual, que fomenta actitudes y comportamientos de inversión en la comunidad: otorgamiento de confianza a la organización y a los compañeros, aportación de ideas para mejorar el trabajo, ayuda a los compañeros, aportación de esfuerzo adiciona cuando el trabajo lo requiere, y otras muchas.

Una suma de comportamientos de este tipo prolongada en el tiempo crea un sentimiento de ciudadanía organizativa que favorecen  la eficiencia y eficacia en las empresas: cuando los empleados de más  experiencia ayuda voluntariamente a los nuevos empleados para que se integren en la empresa, y les transmiten su experiencia, están contribuyendo a acelerar su proceso de aprendizaje y adaptación al puesto, lo cual supone un importante ahorro de recursos organizacionales y personales. Si dos empleados colaboran para tomar decisiones sin acudir a la dirección, están liberando tiempo a la función directiva, que esta puede emplear en actividades estratégicas más propias de la misma y clave para la empresa. Además con ello se está favoreciendo una toma de decisiones más rápida, al no tener que esperar por el beneplácito de la dirección.

Las comunidades desde tiempos remotos han tenido un guía, una persona que encarna el sentido y el propósito de la comunidad y que logra que todos se mantengan unidos entorno a el. Los guías comunitarios actuales deben ser líderes resonantes, personas capaces de generar un clima emocional positivo en el que reine el entusiasmo, la ilusión, la esperanza, el optimismo y la inspiración. Sólo bajo este clima las personas pueden movilizar todos sus recursos, ser más proactivas y más creativas.

Liderar guiando

Liderar guiando

El líder resonante despliega de forma fluida varios estilos de liderazgo, adecuandolos a cada situación y a cada persona, y hace un uso equilibrado de sentimientos y pensamientos, de cabeza y corazón.

La gestión emocionalmente inteligente del líder resonante se centra en reforzar el capital psicológico (autoeficacia, optimismo, esperanza y resiliencia) de sus colaboradores, en impulsar su empowerment y en favorecer el engagement en la comunidad. Solo así se podrá mantener la energía, compromiso e implicación que hacen que la comunidad perviva y crezca, porque sólo así se podrán desarrollar nuevos líderes que la mantengan viva. Porque la función del liderazgo en una comunidad no es la de dirigir, sino la de producir nuevos líderes, al igual que hace la abeja reina en una colmena.

Esta vida en comunidad para que sea totalmente plena necesita cambiar el lenguaje y crear una realidad más humana, más satisfactoria y más profunda. El lenguaje que ópera todavía en las empresas es un lenguaje frío, superficial, y alejado de toda afectividad y cercanía. No podemos inspirar, retar, ilusionar, motivar y comprometer con términos racionales y utilitarios, tales como beneficio, rentabilidad, desempeño, ventajas competitivas, eficiencia, y otros muchos.

Necesitamos un nuevo lenguaje más noble, idealista, esperanzador y provocador, basado en términos como riqueza, valor, contribución, propósito, confianza, convivencia, ideales, propuestas provocadoras, ideas inspiradoras, fortalezas. Necesitamos más pasión en la empresa y más sensibilidad humana y social. Quizás sea la hora de reducir las horas de formación en managament e incrementar las horas deformación en educación social en las empresas.

La empresa social debe ser el motor que movilice a la sociedad civil en busca de los cambios sociales necesarios para lograr una mayor cohesión e igualdad, para crear un futuro de esperanza e ilusión. Nunca he estado de acuerdo con que el cambio solo se consigue desde las urnas, que solo la política sea el lugar desde el que se pueden cambiar las cosas.

Siempre he creído en el gran poder transformador que tiene la empresa si actúa como agente social, por eso soy empresaria y no me he dedicado a la política, a pesar de haber tenido muchas ofertas en mi vida para ello, y de venir de una familia en el que la política ha formado parte de nuestras vidas durante muchos años, aquellos maravillosos años en los que se inició la transición, y que yo viví intensamente desde muy pequeña. Será por eso que creo en que un mundo mejor es posible y que las cosas, por mucho que algunos se empeñen en convencernos de que son así, como dice Paulo Freire “no son así, están siendo así” y en el estar se encuentra la raíz del cambio.

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